Estaba lavando ropa esta mañana y me percaté de algo. Anoche, entre una cosa y otra que no contaré aquí, tú pintaste la marca de tu beso sobre el cuello de mi camisa. No se le puede llamar “mancha” porque se ve tan bonito e intencional que parece casi parte del diseño. Pero no. Aunque sí tuvo intención y sí fue por diseño, no lo hiciste para que se viera bonito. Tú marcaste tu territorio, dejando plantado tu sello en lápiz labial rojo carmesí. Ese beso recalca una exclamación que sin palabras dice “Él es mío.” para que nadie se confunda. Y es verdad, él es tuyo. Yo, yo soy tuyo. Entre un mar de otros que lo quisieran ser, lo soy yo.
No me tienes que marcar, chica, si hasta yo siento como mis ojos brillan cuando te miro. Pero, márcame si te hace feliz, no me inmuto. Yo llevo tu beso enmarcado en mi cuello como un tatuaje porque sé que por más que hayan que quisieran tener un beso tuyo decorando su atuendo, yo soy el único con la dicha. Dicha y no por tener una mancha de lápiz labial, porque al final del día todos sabemos que sí es mancha y que tendré que llevar la camisa a lavar a ver si sale, pero por lo que significa. Donde hay una mancha hubo un beso, y donde hubo un beso otro hubo y otro habrá. Las manchas del que vino y el que viene están donde el resto de la gente no las pueden ver.
Ja-ja.
