Velando la vacuna

“¿Por qué ya no sales?”

“Diablo, andas perdido.”

“Se nota que ya no me quieres.”

“Ay, no es para tanto.”

“No puedes dejar que esto te domine.”

Me da algo como una gracia irónica casi sarcástica (pero ni tan casi) lo personal que la gente se ha tomado esta pandemia. De veras, si me hubieras dicho hace un año que, en pleno apogeo de una pandemia global, yo me iba a tener que preocupar por no herirle los sentimientos a gente por no querer verlos y probablemente propagar la peste bubónica reiterada, ahora inodora, que nos rodea… bueno, no sé si no te hubiera creído.

Mensaje abierto para quien le aplique: Nadie te está ignorando, nadie te dejó de querer. No es cuestión solo de querer o no querer salir ni dejar o no dejar que “esto” te domine porque “esto” ya tiene al mundo entero sumiso y esos son los hechos por más que les ignores; “esto” está cabrón y yo le tengo miedo. Vivimos en tiempos raros, pero el punto de la amistad y hermandad es que está ahí aún cuando no se ve, que permanece por más tiempo que pase entre visitas a menos de que la tires a morir, lo cual nadie ha hecho. Lo único que ha cambiado es que todo está en pausa por un rato.

Pero, como siempre, hay dos tipos de personas: están quienes salen a escondidas comiéndose luces rojas corriéndose el riesgo de correr por las calles desnudos luego a su hora de acostarse sin que los espectadores se enteren por más que lo publiquen, y están quienes seguimos pacientemente velando la vacuna desde adentro del sanctum sanctorum en que hemos convertido nuestros hogares dulces hogares hasta que sea hora de volver a salir sabiendo que cuando volvamos a ver al mundo, nos estará esperando por más que haya cambiado. No todos tenemos que ir al mismo paso.

Yo no tengo prisa para ver a nadie, porque prefiero mil veces verles mil veces corridas cuando se deba en vez de una a una ahora sin saber cuál será la última.

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