Encuarentado estoy

Una vez, hace unos meses que se sienten como años, escribí que encuarentados estamos. Pues hoy he llegado a la conclusión de que ya no puedo decir eso, encuarentado estoy, no “estamos” pues no hay nadie aquí encerrado más que mi sombra y yo. A pesar de que sí estoy acompañado por todos aquellos contemporáneos que cada cual por su lado comparten este estado encarcelado a la vez que yo, no hay nadie con quien yo lo conviva. Y yo, aquí soliado, no encuentro nada que hacer por más que busque, al igual, seguramente, que usted que me lee.

Hola, ¿cómo te encuentras? Me solidarizo contigo, con todo aquel que me lea desde entre algunas cuatro paredes de las tantas que subdividen las cuatro de su hogar; los que andan afuera de fiestas, al contrario, se pueden ir pa’l carajo. Para los que están enzorrados, aquí comparto algunas ideas de cómo quitarle un chispín de vida al reloj que tan lentamente goterea los segundos que componen el día hasta llegar a su vacío solo para volverse a llenar de nuevo y volver a rondear hasta que vuelva a lo mismo.

Ingerir cafeína no es mala manera de matar a un par de horas, pues uno casi siente que puede correr más rápido que el tiempo y que el mismo se estrecha alrededor de ti para intentar alcanzarle, lo malo es que luego a eso viene la baja tan profunda y lenta como lo fue en opuesto las horas previas. Termina equivaliendo hasta cierto punto y de manera cómica, pero sin realmente valer la pena por el evidente desnivel de energía que conlleva.

Escuchar música es buena opción por su diversidad. Es una actividad que te lleva a un momento en la historia del mundo, pero descontextualizado para ser disfrutado desde la comodidad de tu hogar. Sea bailando salsa o meneando merengue, absorbiendo sinfonías o analizando versos, tocando guitarra imaginaria con los mejores rockeros o cantando una balada con las mayores voces, bebiendo a un jazz o riendo a un pop, llorando un bolero o perreando al reggaetón, la música siempre cae bien. Es quizás la única cosa que uno puede hacer en estos momentos que no tiene un fin ni un lado malo.

Leer, ya sea una novela, un poema, un cómic o una biografía es un buen ejercicio en escaparse dentro de la mente de sí mismo. Pero no como cuando se hace tarde en la noche y te pones a pensar mirando al techo que termina en ansiedad y estrés, no, sino que es un escape dentro de un compartimiento creado especialmente por y para el cuento que se está leyendo y que te deja crear y vivir dentro de la historia en de tu cabeza. Esto es bueno porque toma tiempo, y pues le quita horas al día mientras te distrae de lo que está pasando. Ahora, aún con todo el tiempo del mundo, por más que no lo queramos aceptar, ¿quién tiene tiempo para leer? Es un pasatiempos que requiere intención y motivación, lo cual cada día es más difícil de encontrar dadas las circunstancias.

Ver filmes es un buen escape hacia otro lugar y, más allá, es uno fácil de emprender. La pantalla se convierte en una ventana a un mundo lejano, separado del mal que nos rodea en el mundo del afuera. Aunque cuánto escape sea depende en gran parte del tipo de filme que te sientes a ver, ya que algunos incluyen sus propios males que se inyectan a tu subconsciente a través de tus ojos y pueden añadir a la ansiedad que sientes detrás de ellos. No sugiero ver nada que tenga que ver con pandemias. El problema mayor de este modo de escape es el choque de volver al mundo real luego de que se acabe la experiencia, que puede ser abrupto dado lo lejano que uno vio a través de aquella ventana mística y colorida.

Ver filmes desnudos, mientras uno también se encuentra sin ropa, es un escape igual de efectivo pero de otras maneras. Uno se pierde, en vez de adentro de un mundo imaginario fantástico, a través de un éxtasis fantasioso haciéndose creer que es verdad. Cuando lo más que extrañas y lo más que pasarás tiempo sin tener es contacto físico, hay algo bonito de imaginar las manos de un extraño sobre ti sin ninguno de los peligros asociados con ello. Pero, claro, esto es un placer fugaz que dura cuanto sea que dure la dopamina en desvanecer después de alguna sesión hecha corta por gusto o fatiga; pero, claro, que aún así lo harás más de lo que quizás estés dispuesto o dispuesta a admitir.
Jugar videojuegos es algo como ver filmes. Pero si los filmes son una ventana a otro mundo, los videojuegos son una puerta. A través de ellos, uno viaja a estos mundos lejanos y fantásticos en vez de solo verlos desde afuera. Uno se convierte en el protagonista, escapándose de su encarcelamiento de una manera surreal y casi metafísica. Lamentablemente, el mayor problema de este medio es el mismo que el del cine pero amplificado, si es chocante volver al mundo real luego de perderse mirando a uno imaginario a través de una ventana, imagínese ser jalado a él luego de vivir otra vida a través de un portal.

Hacer ejercicio sería una buena manera de pasar el tiempo conduciente a una mejoría personal además de ser importante para la salud física y mental de uno. Pero similarmente a leer, ¿quién carajo encuentra la motivación para hacer ejercicio en la casa cuando por la ventana se ve que el cielo se está cayendo en cantos?

Comer entonces se vuelve una forma inevitable de pasar el tiempo. Sea por hambre o pleno aburrimiento, terminarás comiendo más y peor de lo que hacías y quisieras hacer. Completamente lo opuesto de hacer ejercicio, pero eso es parte del juego. Es fácil pero sobre todo cómodo, y quién no necesita comodidad en momentos como este. Eso sí, para comer es requerido salir a buscar comida e ingredientes para cocinarla, así que recomiendo comprar suficiente comida para un mes aunque el aburrimiento es tal que seguramente la acabes antes de que se acabe el mismo.

Beber es otra opción. Todo aquel que se ha dado una cerveza de más, o dos o tres o cuatro o siete, sabe que el tiempo hasta desaparece y uno se despierta al otro día con dolor de cabeza, preguntándose que a dónde se fueron las horas. Es más, yo me voy a beber ahora, aquí los dejo. Adiós.

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