Ahora al fin, inevitablemente por más que haya podido retrasarlo, me ha acogido el sentimiento de enzorramiento que tanto he temido. Hasta el momento, me he mantenido ocupado escribiendo semana tras semana, mes tras mes. Pero, ¿cómo se supone que yo siga encontrando de qué escribir aquí adentro cuando la musa siempre ha estado ahí afuera? Siempre la he encontrado, incorpórea, en la brisa que llena mis pulmones luego a hacer bailar las hojas de grama recién cortadas, dragando entre sí a través del paisaje el olor a café recién colado. No es lo mismo cuando dicho aroma proviene de la misma greca día tras día.
En fin, estoy enzorrado, encontrando difícil encontrar arte en lo mundano una y otra vez repetidamente recorriendo las mismas vistas innumerables veces durante demasiados días. No sé cuánto más pueda escribir sobre las cosas que veo sobre mi escritorio, pero sobre todo no sé cuánto más pueda estar aquí.
Quisiera salir de mi casa como tantos que seguramente me leen, o ni me leen pero ignoran la publicación desde un lugar ajeno con gente desnuda, descuidándose juntos embriagados con ignorancia ante un algo invisible asesino como si ignorarlo fuese alguna medida preventiva. Pero yo no soy tan atrevido y, a la misma vez que quiero salir, salir es lo menos que quiero hacer. Pues, a pesar de lo poco que quizás me pueda importar mi vida en un momento de aburrimiento extremo como en el que actualmente me encuentro, lo verdaderamente doloroso no sería que aquel algo inmencionable me mate a mí cuando salga, sino a cualquier persona que entonces sin saberlo se apegue a mí mientras estoy afuera. Eso es lo que estamos intentando evitar, se supone, por eso es que no podemos salir.
Creo que eso es lo que no se les ha ocurrido a aquellos que siguen saliendo como si el mundo no hubiera cambiado en esos meses de encierre que tuvimos.
O tal vez no se han dado cuenta.
No sé, está cabrón.
