Jekyll y Hyde

Cada mañana, cada vez que el elixir mágico toca mi lengua, me revitaliza de tal manera que hasta me siento como otra persona, que hasta pondero en cómo fue posible haber estado viviendo antes de ello. Pero ese pensar es poco duradero, pues me siento muy bien y lleno de vida como para gastar tiempo pensando. Con otro corazón, uno más fuerte, palpitando adrenalina en vez de sangre por mis venas, tanto así que si me cortaras lo que saldría sería un líquido con pulso propio y, en vez de carmesí, de un rojo fosforescente resplandeciente casi tintado.

Olvídate de Jekyll, mejor llámame Hyde porque cualquier debilidad que haya podido tener aquel pequeño extraño ya la he olvidado, quedó enterrado luego a que lo asesiné y absorbí su esencia tal y tanto que ahora vivo por dos personas. La verdad es que jamás me siento mejor que en ese momento singular, pues con el monstruo por dentro es que soy fuerte y resiliente, soy veloz y ágil, soy mejor. Sin ello es un milagro que me pare de la cama en un principio.

Eso dicho, el sentimiento es fugaz. Poco a poco lo siento desvanecer y me tieso a la que el doctor Jekyll vuelve a infectar mi cuerpo y permear mi pensar desde el subconsciente, de nuevo sepulta al señor Hyde con sus disparates. Mis músculos se atrofian y su mente se apodera, adormecida, de lo que una vez fue una fuerza admirable. Tanto como alzó esa magia en mi cuerpo, tanto que baja al otro lado. Aguanto dormido casi drogado, y espero latente a que se vuelva a beber el elixir.

Por si no era claro, el elixir antemencionado es mi taza de café matutina.

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