Yo sueño con el día que no tenga que hacer tanto alboroto para que me lean, cuando mis palabras llamen tanto la atención que yo no me vea obligado a prostituir promocionar para que las vean. O, al menos, el día que el proceso mundano de dicha promoción y embeleco no caiga en mis manos. Pues, esta bruta propagación de propaganda superflua a la que nos hemos acostumbrado tantas veces termina siendo poco más que un grito dentro de cámara de ecos, tan poco a menudo es concluyente en lo conducente el éxito y a veces parece hasta ser mejor dejar un papel escrito tirado en la calle a ver si alguien lo recoge. El proceso de publicar tantas veces se interpone entre el artista y su producto final, pues se enfoca tanto en la portada que no hay tiempo restante para arreglar el texto. Pero, ¿no nos dicen desde pequeños que no debemos juzgar un libro por su portada? Pues, ¿por qué entonces entre todos le atribuimos tanta importancia?
Esta tendencia moderna de priorizar la primera vista para incrementar el alcance social a través del paisaje digital es tal vez lo que menos me gusta del arte; el tener que dedicar tanto tiempo para anunciar luego a crear en lugar de dedicarse a seguir creando. Si igual, en lo personal, el arte que más me ha impactado es aquel que me ha encontrado sin yo haberlo estado buscando.
