Desayuno

Lo que yo quiero de desayuno no se encuentra en ningún menú restaurántico, sino que ello y cada uno de sus ingredientes son de procedencia divina. Alguna noche, una conglomeración del polvo de cientas de estrellas fugaces se habrá conjugado como una constelación en forma de ángel, ángel que pronto habrá tomado vida y descendido a la tierra en búsqueda de qué hacer. Al menos, así me imagino que tendrá que haber ocurrido, pues aunque lleva figura de mujer se le nota un aura más ajeno de lo mundano detrás de su sonrisa. Además, sus labios color cereza con sabor a fresas lo delatan todo, ella no es de este mundo.

Toda esta retórica metáfora para decir que lo que yo quiero de desayuno tiene nombre y apellido. No le pronunciaré abiertamente por mantener la intriga surreal viva pero, si es usted quien me lee, espero que sepa a quién va dirigido; en otras palabras, por si te estás preguntando, sí, escribo de ti. No puedo pensar en nada que no sea rozar mi lengua por cada parte de la obra cósmica que eres tú, probarte de nuevo aunque sea por un momento, que al parecer no podré sacar de mi mente el sabor a ti hasta que te vuelva a tener. No quiero esperar a que vuelva a caer el sol para lambucear la delicia de tu ser con gusto y gula de lo cual no logro deshacerme por más que intente dejar de pensarte. Te prometo que si se repite será igual que anoche, que hasta me chuparé los dedos cuando termine para no dejar perder ni un chispín de ti. Se me hace agua la boca al tan solo pensarlo. Tú eres mi sabor favorito, y solo te quiero comer de desayuno para poder repetir antes del almuerzo todas las mañanas de mi vida. Mi vida, te quiero… casi tanto como te amo.

Así que, y no sé qué estarás haciendo al momento de leer esto pero, si eres tú quien me lee y te gusta lo que ves, acaba y llega a donde mí para que veas que no lo escribo tan solo porque suena lindo.

Deja un comentario