Las sutiles curvas de tu cuerpo son como las de una guitarra, pero una hecha de chocolate. Imagen rara pero exacta, porque es algo que se quiere tocar casi tanto como cuanto urge que le comas, tan deliciosa como lo es la dulce y delicada armonía que produce al ser tocada por alguien que sabe cómo hacerlo. Para ponerlo plenamente: tus gemidos son música a mis oídos.
Contigo, yo quiero hacer música.
Quiero componer sinfonías junto a ti, pasar todos mis días tarareando canciones ideadas para poder pasar mis noches contigo, haciendo y rehaciendo álbumes rellenos de nuestro amor. Jamás quiero volver a cantar si no es contigo, porque jamás se ha oído un dueto tan espléndido como el nuestro y ya estoy harto de la mundanía multitudinaria de las mediocres melodías manifestadas por menores músicos. Tú y yo podemos hacer mejor arte que ese. Así que desvístase, dama, y hagamos música uno encima del otro y debajo, entrando y saliendo para volver a entrar sin querer parar aunque nos quedemos sin voz, mientras el coro nocturno de coquíes y búhos nos son de acompañantes.
Ven, y bailemos al ritmo que nosotros mismos hacemos, disfrutemos del proceso sin importar quién nos oiga ni a quién despertemos.
Ven, y prometamos que los conciertos nunca cesarán, si te quedas, no habrá fin a las melodías que pongamos a disco juntos.
Ven, y vayamos a la-la landia, donde nunca querremos nada más allá de la compañía con la que llegamos.
