Te vi de nuevo y, efectivamente, inmediatamente horripilante fue. Tan mal o hasta peor de lo que pensé: volverte a ver acabó conmigo, he muerto. Lo que queda de mí es una sombra de lo que una vez fui, viviendo dentro de la sombra de lo que una vez fuimos. Pronto, cuando ello desvanezca de tus recuerdos, igual terminaré de desaparecer yo, pues ya no quedará nada para sustentar mi espíritu.
Vale, no he muerto, obvio exagero. Pero juro que verte otra vez fue como un tiro al corazón para el cual no pude pedir auxilio, tener que tenerte tan cerca sin poder decirte lo linda que se veía tu sonrisa. La verdad no sé qué hice para merecer tal tortura, y como se ha prolongado pues no he podido dejar de pensarte desde aquel entonces en que una vez más nos despedimos. Este tiempo de interim pasa con toda la rapidez de un suero de cemento. Vivo en un mundo sin color y enlentecido, en mi estado dormido mientras espero volver a verte otra vez; se trata del el mismo fallecer lento que es mirarte, pero sin tan siquiera el placer de poderte ver. Aunque yo sé que no me sanará, soy adicto y tener vista a ti es mi droga; y la verdad es que me estoy dando cuenta que, ya sea mirándote o sin poder hacerlo, de igual manera sufro, y sufro por ti.
No sé si me lees o si hablo solo, ni sé cuál prefiero. No sé con qué diablo tengo una deuda, pero la estoy pagando.
