Una señal

El príncipe difunto, antes de yo terminar con él, me había dicho que el rey y su armada ya estaban al otro lado de la cordillera de montañas. Ya iban varios días desde que me fui del castillo abandonado con poco más que un caballo robado y mi espada. Estaba subiendo lo que suponía ser la última colina para llegar a la cima de la cordillera, después de ello sería todo cuesta abajo. Vendría bien, pensé. Las máquinas malvadas del rey maquiavélico eran rápidas y llevaban dos días de ventaja sobre mí. Por eso llevaba dos noches sin dormir ni descansar; el caballo que iba bajo mío, que antes era del príncipe, estaba más cansado que yo y sin mis motivaciones que me cargaban.

La verdad era que ambos estábamos apunto de sufrir un desgaste, lo que se supone que fuera el epílogo a mi aventura se había tornado el segundo acto sorpresa de la misma, así que mi cuerpo que ya no daba para más tuvo que seguir andando. Aproximándome a la cima sin haber visto nada notable en los últimos días, estaba comenzando a sentir que mi compás estaba dañado, o encantado con algún hechizo que de igual manera contagiaba mi mapa para mantenerme perdido e igual de lejos de la princesa que cuando comencé. O quizás era yo, que estaba maldecido a seguir recorriendo esta tierra mil y una vez y morir sin haberla encontrado.

Tenía hambre, sed y sueño, pero sabía que no me podía detener, pues la perdía. Tenía que seguir pero necesitaba algo, una señal de que aún tenía un chance… Y en ese mismo instante, al llegar a la cima y salir de la arboleda que abundaba la subida, la vi. La máquina voladora del rey cortaba las nubes en su camino y navegaba el cielo con velocidad impresionante. Estaba aproximadamente a un día por delante de mí, me faltaba mucho, pero ya tenía mi estrella norte para guiarme en lo que quedaba de mi misión.

Sin quitarle los ojos de encima, me bajé del caballo un momento para darle a él, y a mí, un momento de descanso y a celebrar la victoria, por más pequeña que fuera.

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