Tu princesa está en otro castillo

“Tu princesa está en otro castillo.” Me dijo el tiránico príncipe con una sonrisa malvada. Mirar a mi alrededor no probó lo contrario, pues nos encontrábamos solos él y yo en aquel cuarto de trono con sus ornamentos dorados que servían solo para mofarse de mi intento fallido de rescatarla.

Mi cuerpo no pudo más, dejé mi espada caer al piso y pronto mis rodillas flaquearon y caí yo al lado de mi arma. El ruido de mi armadura chocando contra el suelo retumbó por la sala vacía. Luego al camino tan largo que había tenido que atravesar, no estaba seguro si yo daba para más.

“Que pena, por un momento hasta yo pensé que lo ibas a lograr.” Me dijo, riéndose él. “Pero a este punto, tuvieras que volar para alcanzarlos.”

A punto del desmayo. Al borde de la rendición. Al otro lado de todos mis límites. Si no fuera por ese comentario, hubiera cedido a ello. Hubiera cesado mi camino. Me hubiera quedado en mis rodillas y seguro muerto bajo la espada de aquel hombre que se reía de mí. Pero ese comentario, tuvieras que volar para alcanzarlos… Eso me recordó que, aunque pareciera imposible, había una manera. Lo que no había era tiempo para perder.

“¿En dónde están?” Pregunté, aún en mis rodillas, invocando su ego, formulando un plan.

“¡Ya deben de estar al otro lado del desierto! A un mundo de aquí, y en una de las máquinas de mi padre. Intentaste y fue valiente, pero no fue suficiente ni cerca.”

“Y tú, ¿por qué te has quedado?” Entonces el príncipe se dignó a pararse del trono de su padre, y desenvainó su espada dramáticamente.

“Para verte perder, y para asegurar que esta espada encuentre tu corazón.” Dijo mientras caminaba hacia mí, yo velé y conté con mis ojos cada paso que tomó, sin alzar la cabeza un centímetro; él tenía que creer que ya me había derrotado.

“Esquivé muchos filos de camino hasta aquí…” Le dije en voz baja, pues el villano ya estaba a meros pasos de mí.

Llegó hasta donde yo estaba arrodillado y permaneció con su figura sobre la mía, gozando del momento. “Este no es uno que podrás esquivar, tu hora ha llegado.”

Lo que el malvado príncipe no había percatado, quizás por mi cautela y sigilo pero probablemente por su inmensa arrogancia, es que mientras él se acercaba a mí, mi mano se acercaba a mi espada, y que en esos momentos ya se habían encontrado una con la otra.

“Qué irónico, yo te iba a decir lo mismo a ti.” Le dije, entonces de una vez y por todas, sin pensarlo, me alcé del suelo impulsivamente y le espeté mi espada en el costado descubierto, pues mi enemigo llevaba puesta una armadura intangible de egoísmo y avaricia. Le miré a los ojos mientras mi filo se bañaba en el líquido carmesí que de su cuerpo fluía, “Si tengo que volar para alcanzarlos, pues volaré para alcanzarlos.”

El cadáver del príncipe cayó a mis pies, mi espada aún goteando rojo. Yo tomé un momento para respirar. Inhala, exhala. Entonces, me volteé y me fuí caminando por donde mismo entré. Iría de vuelta al camino, ahora hecho más largo, de vuelta a la misión, ahora hecha más difícil, iría hacia ella, ahora un poco más lejos, pero iría y no pararía hasta alcanzarla.

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