Cartas a la Real Academia Española

Llevo años de mi vida escribiéndole cartas a la Real Academia Española, una semanal desde el día que te conocí. En cada una les pido, pido no, les urjo que hagan una serie de arreglos porque es hora de actualizar, realmente ya es tarde. En verdad, no sé cómo tus padres ya no lo habían llevado haciéndolo antes de que yo llegara. Desde el día en que te vi por primera vez, que no me avergüenza decirte que te iba desvistiendo con los ojos desde antes del hola, desde ese día comencé mi correspondencia incesante para dejarles saber las palabras que han sido definidas mal por tanto tiempo. Bendito, y no es que estén mal de por sí, es que las palabras no se habían dejado definir hasta que llegaste tú.

La palabra “belleza” debería llevar una foto tuya impresa en lugar de una definición arbitraria, con tu rostro basta y sobra para entender; la palabra “melodía” debería ser definida por tu voz, no existe mejor descripción de ello que oír las dichas que salen de tu boca; “preciosura”, tu nariz, “hermosura” tus cejas, “lindura” los lunares que adornan tu cuerpo, “blandura” tu piel caramelo tan suave como seda, “ternura” tu caricia sutil y enloquecedora; la palabra “majestuosidad” solamente puede ser los mechones coloridos que componen tu cabello; la palabra “bendición” debería ser definida por tus labios, “tentación” por tu lengua, y “perfección” solamente puede significar tu sonrisa; de igual manera, “lujuria” coje forma con las curvas de tu cintura; “amor” debería ser reservada para ese sentimiento al verte por primera vez; “princesa” eres tú, su única definición apalabrada debe ser tu nombre y apellido.

A cada una de mis cartas le adjunto una foto tuya, y cada vez una diferente, a ver si ven lo que yo veo que me ha traído tal claridad. Lamentablemente, hasta ahora, mi correspondencia ha sido enviada para ser ignorada. Quizás tenga que comenzar a enviar una diaria.

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