Señor, si alguna vez te he servido bien, hazme este favor: envíame lejos. Ordéname a hacer alguna tarea, la que se te ocurra, o a buscar algún obsequio, donde sea que se encuentre, o a simplemente irme de aquí porque sí. Con tal de no estar aquí, señor, cruzaría un mar nadando para llegar al lugar donde me quieras; escalaría a cualquier montaña y de cualquier cima gritaría tus hazañas ante cualquier pueblo; pagaría todas mis deudas de momento o tomaría las de otro hombre por mías; me tiraría de un avión sin paracaídas con tal de escapar inmediatamente. Haría lo que fuera, en dónde fuera y con quién, lo primero que se te ocurra mandarme a hacer, para no tener que verle la cara a esa mujer.
