Tus labios son del color de rosas y huelen igual de ricos. Tienen una forma perfecta: llenos y firmes pero tan suaves que te ruegan que los pruebes, como alguna pintura de pinceladas empastadas que lo que hace es darle a uno ganas de tocarla. Entonces este espacio vasto entre tú y yo, por más que en realidad solo haya una o dos pulgadas entre nosotros, me vuelve loco, me desespera el no estar besándote porque no debería ser legal, es más ni parece natural que tus labios sean tan perfectos. Al verlos, mi mente rápido inventa mitos sobre cómo los dioses y los demonios tendrán que haber conspirado porque solo juntos podrán haber logrado forjar algo de tal belleza, e igual sé y siento que fueron ellos quienes me colocaron en esta trayectoria complementaria a la tuya para que nos encontraramos, para poder probarnos uno al otro hasta hartarnos. Cuando al fin mis labios tocan los tuyos por primera vez, me pregunto cómo es posible que yo haya vivido toda mi vida sin ellos, y en un instante decido que el día de ayer fue el último que paso sin besarte. Pero cada noche tiene su fin, cada beso igual, así que nos despedimos, “hasta mañana” decimos, y de camino a mi casa sonrío al notar el olor tan rico que quedó impregnado en mi boca.
