Tú me mataste, de una y sin saber o intentar hacerlo me dañaste la mente. No tomó nada más que verte entrar en tarima y me juquiaste porque tan pronto mis ojos cayeron en tu sonrisa encantadora, me enamoraste. Pero tan repentina como tu entrada, igual fue tu salida. Ahí entonces quedé yo, un perrito perdido enchulado y abandonado en tu estela, otra víctima de tus ojos asesinos. Desde ese entonces llevo intentando volver a encontrarte, ya sea en el mundo real o en uno que me invento, ya sea despierto o en mi desvelo. Aquí entonces me encuentro yo, siguiendo escribiendo a ver si algún día termino de exprimir todas las palabras que tengo para ti. Tú eres mi musa y mi debilidad, mi talón de Aquiles, eres la kriptonita kantiana que me mata lentamente sin tan siquiera mostrar tu rostro. Si te soy honesto, estoy harto de estar harto de ti pero por más veces que te mande pal carajo, hasta ahí te seguiría por más que me quemen las llamas.
