Desde hace tiempo me siento atrapado, adormecido y arropado por el día a día, atormentado por la costumbre, atascado dentro de lo rutinario soñando con un mar azul, mar abierto que sea mi escape. Camino cada día como un prisionero por residencia y recinto, esperando a que llegue el día en que pueda irme a donde sea, al carajo, a donde me tire el viento. Quisiera amanecer al otro lado del agua, en algún estado, reino, pampa, polo, desierto u otra isla, haciendo lo que sea en algún lugar que nunca he visto: corriendo con toros en España, buceando en Australia, bebiendo en Alemania, comiendo en Italia, escribiendo en Francia. QUiero conocer al mundo entero, hablar con todo tipo de persona que tenga cuentos por contar y regarlos a los oídos que me oigan y los ojos que me lean. No quiero morir sin sentir la arena egipcia entre mis dedos, sin ir a una fiesta brasilera, sin dormir bajo un aurora antártico. Quiero que mis zapatos se desgasten de tanto que recorra el mundo, y quiero poder contarle a mis futuros hijos sobre todo lo que haya visto.
