Si mañana viniera a ahogarnos una tempestad majestuosa que sobrecogiera las orillas del mar para ahogar la tierra con agua de sal, no me molestaría. Ni creo que me daría cuenta si el volcán debajo de esta isla erupcionara mientras sale el sol del alba y nos dejara a todos inundados con magma y abrazados por fuego. Igual, si el oxígeno en este planeta se acabara mientras desayunamos y me quedaría sin poder respirar no me importaría. Tampoco sentiría la menor inconveniencia al aprender que el sol se apagó por siempre y que entonces comienza una era de hielo eterna bajo las estrellas. Más te digo, si los muertos salen de sus entierros para comernos vivos ni lo pienso dos veces, hasta si un grupo de extraterrestres bajan del cielo a esclavizarnos me da igual, voy más allá: no me importa ni un carajo si el mismo cielo se cae en cantos sobre nuestras cabezas. Por mí, el mundo se puede acabar mañana; pero si todo termina mañana, que sea después de nuestro último beso.
