Hay veces que alguien entra a tu vida y enciende una chispa de pasión, o quizás hasta amor. Algunas de esas veces esa chispa es lo suficiente como para comenzar un incendio que por cada segundo que pasa en el reloj coge potencia y vigor que cada vez se pone más grande hasta que se torna en un fuego grande que vive para comer todo lo que encuentra en su camino, una tempestad de calor rojizo y puro que aproxima volcánico en esta erupción de emoción y deseo que se siente en el aire y se inhala como humo dulce entrando en los pulmones. Pero hay veces, tristemente, que esos fuegos no son duraderos. Es más, muy a menudo se llevan enredado a todo lo que tocan y luego así como surgieron disipan y desaparecen, desdichado entonces el que queda dejado atrás entre ruinas de cosas bellas, arrodillado entre restos de recuerdos viejos maldiciendo la hora en que dejaste perderte dentro de aquella lumbre tan hermosa que no dejó mucho más que algunas quemaduras permanentes. Entonces oirás que cenizas quedan donde hubo fuego pero, aunque es cierto, hay veces que eso no es suficiente. Pues ya la que chispó el incendio se fue hace tiempo.
